Un codo. Sólo un codo. Sin huellas digitales. Sin dientes para buscar registros dentales. Un codo donde se vislumbra una ínfima parte de un tatuaje. Arrancado de una forma extraña. No fue extraído con asepsia, ni siquiera con crueldad. No fue cortado con cuchillo, ni machete. Tampoco parecía una herida accidental.
Eso fue lo que encontró el señor Ling Ping en el piso de su restaurant antes de llamar a la policía. Un codo, sólo eso. Un codo cerca de la puerta de salida, cuando ya estaban las luces apagadas y todos habían dicho hasta mañana. Al principio no comprendió el hallazgo en la penumbra. ¿Un ratón? ¿Otro animal?
La policía interrogó a los empleados al día siguiente. Todos eran sospechosos. Todos, hasta que se demostrara lo contrario. Todos fueron cuestionados, ninguna pista. Uno de ellos recordó haber visto al señor de la camisa floreada que bebía sólo en una mesa. Creía recordar que el mínimo fragmento de tatuaje que se podía dilucidar en el miembro lacerado, pertenecía al señor grande y rubio que se sentó silencioso junto a la puerta.
La policía presionó, repreguntó, volvió a indagar. Reconstruyó la historia completa de ese miércoles. Nada. No había culpables. El señor Ling Ping volvió sobre cada uno de sus pasos. Ese día había sido especial para él. Su hija, a quien no veía desde hace 2 décadas, desde de la muerte de su madre y con quien se había distanciado por un pleito de herencia, finalmente había entrado en razón y lo había ido a visitar llevándole un regalo. Un detalle de buena voluntad. Una gran planta exótica que el señor Ling Ping mandó a colocar cerca de la puerta justo en frente de donde el empleado recordaba al de la camisa de flores. Hermosa planta. Una especie exótica, sin duda. Nunca había visto nada igual.
En su casa, la hija sonreía, satisfecha por su venganza. En el restaurant, la planta también.